Cortar el cable
En un centro comercial semiabandonado de Granada hay un mickey gigante encerrado en una máquina tragaperras. Nunca he conseguido atrapar un premio con un gancho, y nunca nadie ha atrapado un premio con un gancho en mi presencia. Supongo que no creo en los premios de los ganchos, pero es que en esta máquina no hay ningún gancho. Solo un hilo blanco, sujetando por el pescuezo al mickey gigante. Un hilo que puedes pagar para cortar con una tijera automática, y un mickey gigante, cruzado de piernas, en actitud de reflexión. Esperando que alguien pague su fianza. Pero ya nadie lleva suelto encima; ni siquiera el más tonto de Granada puede probar suerte. Con todo, el mickey gigante confía. Confía en que llegue el día en que la tijera haga chas y el hilo se parta en dos y la compuerta se abra con un juego de luces y humo y, tal vez, para sorpresa de todos, una musiquilla. Igual que en Lluvia de estrellas. Estirar sus piernas de felpa, agarrar de la mano al afortunado cortador de cable y salir juntos, saltando, del centro comercial, justo a tiempo para ver la puesta de sol desde el mirador de San Nicolás. La Alhambra de fondo, unas pipas y unas latas de cerveza. Los ojos del mickey gigante se empañan ante semejante espectáculo. Después, el beso.




