Iceberg
una geografía del silencio
Las auroras danzantes, púrpuras y verdes, iluminan nuestros cuerpos desnudos sobre las placas de hielo.
¿Tienes frío?
No. Y tú tampoco. Las mantas están en la mochila, pero ahora mismo no las necesitamos.
¿Qué sientes?
Miedo. Llevas demasiado rato callada.
¿Sabes por qué no hablo?
Dudas. No tienes claro qué decir. Sientes pudor, quizá vergüenza por lo que vamos a hacer. Te preocupa lo que yo pueda estar pensando.
Todo lo que va a ocurrir esta noche depende de lo que tú creas.
Tengo la mente en blanco. Las luces se mueven sobre nosotras; un espectáculo de cortinas que abren y ocultan el cielo. Eso para mí es suficiente. Tú, sin embargo, esperas algo más. Cambias de postura. Carraspeas, pero no arrancas a hablar. Quieres volver al albergue.
Ya llevamos así un buen rato. Si no hacemos algo pronto, esto acabará perdiendo el sentido.
¿Y cuál es el sentido?
Eso es algo que deberías saber tú. La idea de tumbarnos en el hielo es tuya. ¿Por qué aquí?
Nunca había visto las auroras. Pensé que, si íbamos a pasar la noche juntas, era un buen lugar para hacerlo. Fue lo primero que me vino a la cabeza.
¿Te preocupa que nos vean?
Eso no puede preocuparme. El albergue está a más de cinco kilómetros, y los chicos van a acampar en la laguna. Todo el pueblo estará allí esta noche.
Reformulo mi pregunta: ¿te preocuparía que nos vieran?
La ruta no está señalizada. Calculo que hasta dentro de unos días no van a encontrarnos. Por eso elegí este lugar.
No fue por las auroras.
También, también por las auroras.
¿Por qué te levantas?
He escuchado algo. Levanto la cabeza, creo que fue un pájaro. Justo en ese árbol, arriba. ¿Hay pájaros nocturnos?
Si tú lo crees, es un pájaro. ¿Quieres que vaya a mirar? Solo tienes que decirlo.
No, no hace falta. Me gusta verte desde aquí arriba. Tu pelo se ha empezado a escarchar, como si te fundieras con el suelo. Eres un ángel de nieve.
Estás dando muchos rodeos. No hemos venido aquí para esto.
¿Para qué hemos venido?
Eso es cosa tuya.
Tú accediste a venir. Podrías haberte negado cuando te lo propuse. Nadie te obligó a contestar a mi llamada.
No cambies de tema. Solo tú sabes qué hacemos aquí.
Vemos las auroras. Tú no quieres hablar, pero hay algo que te preocupa desde que llegamos.
¿Por qué estamos desnudas?
No me pareció que la ropa fuera relevante. Quería verte así, sin adornos. Y pensé que lo justo era que tú me vieras igual.
¿Lo justo para qué?
Para animarte a hablar. Hoy necesito que seas sincera. Que me digas qué sientes.
¿Qué siento?
Sí.
Siento que estás jugando conmigo. Tienes dudas, y yo no puedo hacer todo el trabajo sola.
Tampoco es fácil para mí. Llevo un tiempo intentando verte. Me preocupa saber cómo estás, entender qué haces exactamente cuando no te tengo delante. Cómo pasas las horas.
Ahora me tienes delante, y no te atreves a hacer las preguntas necesarias. Tienes que ser más concreta.
¿Acaso no quieres estar aquí?
¿Qué quieres que te responda?
La verdad.
¿Recuerdas lo que te dije en el albergue?
¿En la habitación?
Sí. ¿Qué te dije?
Dijiste muchas cosas. Mientras deshacíamos las maletas te quejaste de que la calefacción estaba demasiado alta. Intentamos apagarla, pero el termostato volvía a saltar. Dijiste que te dolía la cabeza.
¿Qué más?
Que la cama era pequeña para dos. Yo te dije que daba igual, que no íbamos a usarla. Que, si todo iba según lo previsto, si la noche seguía despejada, dormiríamos en el hielo. Entonces te entró la risa. Te dejaste caer sobre el colchón, extendiste los brazos y me pediste que nos quedáramos ahí. Dijiste que habías imaginado que sería en una cama.
Habíamos imaginado cosas distintas.
¿Qué te hizo pensar que sería en una cama?
Así es en las películas.
Si esto fuera una película no estaríamos discutiendo. Iríamos directas a la acción. A nadie le importaría todo esto.
¿Quién discute? Yo no estoy hablando.
No hablas, pero estás molesta porque yo decido qué hacemos. Y he decidido que estés molesta, igual que antes decidí que pasáramos la noche aquí, en el hielo, y no en la laguna ni en la cama. De haber ido a la laguna, ahora estaríamos bailando con el grupo. Pero hay demasiada gente allí. Correríamos el riesgo de separarnos, y esta noche necesito tenerte cerca.
¿Para qué?
Para terminar con esto. Esta historia no debe extenderse mucho más. Así no funcionan los cuentos.
Podría ser una novela.
Si lo fuera, acabaríamos haciendo alguna tontería.
¿Y por qué no en la habitación?
Nos quedaríamos dormidas. Entre el calor y las sábanas, sería inevitable. El frío es necesario para que todo ocurra rápido, como un temblor.
¿Qué es lo que tiene que ocurrir?
El fin. ¿No lo notas? Tus manos están duras. Hace ya un rato que tu cuerpo se ha entumecido. Las lágrimas se te clavan en los ojos. Apenas consigues distinguir mi silueta a contraluz, ni escuchar estas palabras que ya no van a ninguna parte, que se pierden en el vacío de esta noche, sobre el blanco de esta página, seguidas de dos puntos suspensivos, inconclusos: nosotras..




